Anatomía de una migración
La migración en un rediseño de sitio web: por qué unas salen bien y otras se caen
Después de unas cuantas migraciones aprendes que el riesgo nunca está donde el cliente cree. Nadie pierde tráfico por elegir mal una tipografía. Se pierde por cuatro cosas concretas, y las cuatro se deciden antes de abrir el editor. Esto es lo que hacemos y por qué.
Primero el inventario de URLs, no el diseño
Antes de proponer nada exportamos todas las URLs que Google conoce de tu web. No las que tú crees que tienes: las que están indexadas. Casi siempre hay sorpresas — páginas antiguas de servicios que ya no prestas y que siguen trayendo visitas, un artículo de 2018 que es la primera posición de una keyword que nadie sabía que tenías, o cuatro versiones de la misma página compitiendo entre ellas.
Con ese inventario cruzamos tres datos por URL: tráfico orgánico de los últimos 12 meses, backlinks que apuntan a ella, y conversiones si están medidas. Ese cruce decide el destino de cada página: se conserva, se fusiona con otra, se redirige o se deja morir. Las cuatro decisiones son legítimas. Lo que no es legítimo es tomarlas sin mirar los datos.
El error que más veces hemos visto arreglar
Redirigir todas las URLs viejas a la home. Es el atajo por defecto de muchas migraciones y es lo peor que se puede hacer: Google lo trata como un soft 404, no transfiere autoridad y desindexa el contenido. Cada URL tiene que ir a su equivalente real. Si no lo tiene, se crea o se acepta la pérdida — conscientemente, no por descuido.
El mapa de redirecciones se revisa a mano
Un mapa 301 no se genera automáticamente. Se hace URL por URL decidiendo cuál es el equivalente más cercano en la web nueva, y eso requiere entender el contenido, no solo hacer coincidir cadenas de texto. Una herramienta te empareja /servicios/reforma-cocina con /reformas porque se parecen. Un humano ve que el destino correcto es /reformas/cocinas. Cuando hay muchas URLs se hace por patrones, pero los patrones se validan a mano sobre una muestra antes de aplicarlos, y las páginas con tráfico o backlinks se revisan una a una siempre. Después se comprueba que cada redirección devuelve 301 y no 302 — el 302 le dice a Google que el cambio es temporal y no transfiere autoridad. Es un error de una letra que cuesta meses.
La ventana de tres semanas
Después de lanzar hay un periodo en el que los datos no significan lo que parecen. Google está rastreando de nuevo, las posiciones oscilan y el tráfico baja. Es normal y hay que saberlo de antemano, porque si nadie te lo ha advertido esas tres semanas son de pánico y de decisiones malas — el clásico «volvamos a la web antigua» que multiplica el problema por dos.
Lo que sí hacemos en esa ventana es vigilar. Search Console todos los días buscando picos de 404, errores de rastreo, páginas excluidas y caídas de cobertura. Si algo se escapó del mapa, aparece ahí en 48 horas y se corrige antes de que haga daño. Eso es la diferencia entre una migración supervisada y una migración lanzada y olvidada.
Qué se conserva de la página web antigua
La tentación en un rediseño es reescribirlo todo. Es un error. Si una página lleva años posicionando, su contenido está haciendo algo bien aunque el diseño sea de otra década. Se conserva la estructura semántica que funciona —los H1 y H2 que Google ya asocia a esa keyword— y se mejora lo que la rodea: velocidad, legibilidad, enlaces internos, datos estructurados, llamadas a la acción.
El rediseño que más rinde no es el que cambia más cosas. Es el que sabe cuáles no tocar.